diariodelporno

Una tarde aburrida. Aburrido en casa, me pongo a espiar a la vecina y me sorprende mi hermana.

Lo que transcribo a continuación es el relato de lo que ocurrió el día en que me inicié, de forma abierta y sin remilgos, al sexo. Constituye un recuerdo del pasado, explicado hoy con la perspectiva que permite la experiencia. Por eso, el relato puede contener expresiones o interpretaciones que son más propias de un análisis retrospectivo, realizado actualmente.

Ocurrió una calurosa tarde del mes de junio, a punto de empezar oficialmente el verano de 1976 en la que después de comer, todos los miembros de la familia se habían ido a atender sus ocupaciones rutinarias. Todos excepto mi hermana Elvira, que esa semana se encargaba de fregar los platos. Ella era la mayor, con veintidós años, y se turnaba con mi otra hermana, Delia, de veinte. Esa tarde también yo estaba en casa, ocioso, sin saber qué hacer. Hacía dos días que había acabado los exámenes de selectividad, y mientras esperaba el resultado, andaba holgazaneando y sin saber qué hacer con mi tiempo.

Contaba yo dieciocho años recién cumpliditos y mi experiencia con el sexo era de lo más desalentador. Nada de novias, nada de contacto con chicas… Un desastre! Eran otros tiempos, claro.

La cuestión es que estaba aburrido en mi habitación, y a través de la ventana, que estaba entreabierta, me llegaron los sonidos típicos del trasteo con platos, vasos y demás menaje de cocina. Procedían del primer piso del edificio –yo vivía en un segundo-, de cuya cocina obtenía desde mi habitación una perspectiva bastante aceptable, pues la veía desde arriba. En ella estaba fregando los platos la vecina. Una mujer de unos treinta y algo, a la que ya tenía fichada, porque solía ponerse una especie de batita para estar por casa, muy corta, que mostraba unos muslos que a mí se me antojaban muy provocativos y sugerentes. Me quedé mirando a la espera de que en algún gesto que hiciera, al agacharse o estirar los brazos, descubriera a mi mirada libidinosa un tramo aún mayor de muslo, o quién sabe si algo más.

En esas estaba yo cuando de repente se abrió la puerta de la cocina de casa, que también daba al patio de luces, y asomó Elvira. Al verme, enseguida se dio cuenta de que estaba espiando a alguien y no tardó en adivinar a quién. Me echó una mirada de reproche al tiempo que de burla y dijo sonriendo:

– Se lo diré a la mamá.

Volvió a entrar en la cocina y cerró la puerta. Yo me quedé sin reaccionar en un principio. A los pocos segundos decidí ir a la cocina, supongo que con la intención de convencer a mi hermana de que no se chivara. No es que pensara que me podía caer un castigo o bronca importante; era más bien por el miedo al ridículo, ante las seguras burlas de que sería objeto. Nada más entrar fue ella la que me dijo con tono distendido que yo agradecí, pues me hizo suponer que no había mucho peligro:

– No sé por qué espías a Dolores –así se llamaba la vecina-.

El tono de la pregunta me hizo relajarme y tras un instante de duda me atreví a decir:

– Para verle los muslos. Es que está muy buena.

– ¿Y con eso te contentas? También te los puedo enseñar yo.

Confieso que la respuesta me dejó algo sorprendido, pero no cortado. Por eso reaccioné rápidamente:

– A ver…. enséñamelos –dije con media sonrisa en la boca.

Elvira no salía ahora con ningún chico oficialmente, pero yo sabía que había tenido algún tipo de experiencia con el sexo opuesto, aunque desconocía hasta qué punto había podido llegar. Esa tarde, mientras fregaba los platos, llevaba puesta una blusa de botones blanca, tras la que se adivinaba débilmente el sujetador en sus puntos más marcados, y una falda plisada que le llegaba hasta la parte de arriba de las rodillas. A mi petición, que sin duda interpretó como un desafío infantil, respondió sin darse la vuelta y girando levemente la cabeza, secándose despacio las manos que tenía mojadas, y a continuación, con la mano izquierda arrastró la falda por el lado de su muslo izquierdo, levantándola lo suficiente para que quedara al descubierto la práctica totalidad del mismo, pero sin llegar a descubrir las bragas que supuestamente debía llevar. Yo no daba crédito a lo que veía, pues hasta que lo hizo no pensé que hablara en serio ni que fuera capaz. Ella, tras asegurarse de que efectivamente no se le veían las bragas me miró, y al ver que clavaba mis ojos en ese muslo descubierto, soltó la falda y medio riendo, pero medio sonrojándose también, exclamó:

– ¡Y se pone cachondo el tío!

Se giró nuevamente y continuó fregando los platos. Se hizo un silencio pero a los pocos segundos lo rompí:

– Sí….pero, cuando espío a Dolores, también me imagino que le toco los muslos.

La estaba poniendo a prueba. Hacía tiempo que andaba tan caliente, que había empezado a fijarme en el culo y las tetas de mis hermanas, y a mirar más de la cuenta a través de las rendijas de las puertas del baño y de las habitaciones…. Así que la visión de aquel muslo me puso como un burro. O me llamaba guarro y me echaba de allí, con amenazas de chivarse, o yo iba a seguir adelante. Ya estaba notando una erección. Un breve silencio.

– Pues conmigo, no hace falta que te lo imagines. Me los puedes tocar de verdad.

Aquellas palabras, a pesar de que podían ser las que había deseado, me desconcertaron y me hicieron dudar. ¿Cómo debía interpretar aquello? ¿Quería decir que se los podía tocar, sin arriesgarme a ser el causante de un gran cataclismo, del que sólo yo sería el responsable? Dudé durante unos segundos, pero me acerqué a ella, que continuaba de espaldas, me senté a sus pies en el suelo y empecé a acercar mi mano izquierda hacia su pierna. Iba tan despacio que me pareció que tardé en contactar una eternidad. Pero contacté. Toqué con la yema de mis dedos su pierna, un poco más abajo de la rodilla. Yo sentía mi corazón palpitar de forma desbocada. Persistí y cuando el tacto se hizo firme noté que mi hermana hacía una breve pausa en la tarea que estaba haciendo, giró un poco la cabeza y me miró un instante. Se giró más aún y siguiendo con el trajín de los platos, dijo:

– ¡Qué tonto eres!

Entonces, animado por el hecho de que no me rechazara con brusquedad, como yo había temido, extendí mi mano en toda su amplitud para alcanzar la máxima extensión de pantorrilla posible. La dejé así unos segundos, como para afianzar la posición, y como quiera que seguía sin percibir rechazo alguno por parte de Elvira, empecé a deslizar la mano hacia arriba hasta que contactó con el borde la falda. Entonces me detuve nuevamente, por si había alguna reacción. Nada. Ella seguía manipulando los cacharros como si yo no estuviera allí. Así que continué mi pequeña excursión alcanzando ya zonas que normalmente no estaban al alcance de mi vista, y que había descubierto tan solo unos instantes antes en que ella voluntariamente me las había mostrado. Noté la piel más cálida y suave. Hice otra parada, esta vez para recrearme en ese tacto que estaba produciendo una excitación como no recordaba haberla alcanzado hasta entonces. Yo no decía nada ni ella tampoco. Continué ascendiendo ahora ya presionando a gusto, aunque sin saber qué era lo que tenía que hacer en una situación así. Había oído hablar mucho a otros chicos de mi edad, pero no tenía experiencia. Hasta que alcancé la parte izquierda de sus nalgas, protegida por las bragas. Entonces empezó a hablar y el estallido de su voz –estallido no por su violencia sino porque rompía el silencio que dominaba la escena que se estaba desarrollando- hizo que me sobresaltara y retirara instintivamente la mano, provocando un pequeño vuelo de su falda:

– Como entre alguien y te vea te la vas a cargar.

El tono de su voz había cambiado. Ya no era de superioridad. Era una observación de complicidad. Yo lo capté enseguida y diciendo que no me verían, volví a meter la mano directamente donde había estado tan solo tres segundos antes. Ahora fui directamente a amasar con decisión aquella nalga y como encontraba vía libre, decidí usar también la derecha para sobar a gusto la otra nalga. En esas estaba cuando sin saber qué paso podía dar a continuación, Elvira hizo ademán de sacar un vaso del fregadero y colocarlo a la izquierda, para lo cual aprovechó para separar un poco las piernas. Yo, en mi frenesí amasador, movía las manos y noté que había más espacio entre sus piernas, por lo que ya sin apenas pensar en las posibles consecuencias, desplacé mi mano izquierda hacia ese hueco, y enseguida contacté con una zona muy húmeda y mucho más caliente que el resto de la piel explorada hasta ese momento. Presioné levemente sin saber qué era lo que estaba tocando exactamente. Poco a poco me hice una composición de lugar. Eran los pliegues de la tela de las bragas y estaban algo húmedos. Como no conocía exactamente la causa le dije:

– ¿Te has meado?

– No seas idiota –y mientras decía esto me di cuenta de que se apoyaba con las palmas de ambas manos en el fondo del fregadero.

Yo la miraba desde atrás, pero solo veía que había inclinado un poco la cabeza hacia delante. Al tiempo que empezó a moverse levemente, como presionando hacia abajo. ¿Acaso quería que le clavara los dedos? No acababa de entenderlo. Yo le frotaba toda la zona, desplazando mi mano hacia delante y hacia atrás hasta que noté que mis caricias estaban empezando a surtir efecto, porque oí que su respiración empezaba a ser más sonora. Seguía frotando y alternaba el contacto entre lo que ya había decidido que era su coño, y la parte interior de sus muslos, a la altura de las ingles. Elvira lanzó un suspiro más fuerte que los demás y decidí mover también mi mano derecha, que hasta ese momento se había mantenido clavada en su nalga. La deslicé hacia delante, asiendo con firmeza su muslo, y acariciando a intervalos su pubis, de forma que en algunas ocasiones coincidían las yemas de los dedos de ambas manos como si se encontraran a mitad de un túnel.

Entonces Elvira sacó las manos del fregadero y de una zancada se deshizo de las tenazas de mis manos, al tiempo que decía:

– Aquí nos pueden ver.

Salió de la cocina sin mirarme y se fue hacia el interior de la casa.

Yo me sobresalté en un primer momento, sin saber qué significaba aquella reacción. ¿Se había enfadado por haber ido yo demasiado lejos? No tenía mucho sentido, porque podía haberme parado los pies mucho antes. En cualquier caso ¿aquello significaba que hasta allí habíamos llegado y que se acabó? Pero, ¿qué es lo que ha dicho exactamente? Aquí nos pueden ver. Y se ha ido. Pero ¿cómo nos iban a ver, si no había nadie en casa? A no ser que se refiriera a que nos podían ver, si entraba alguien en casa de improviso. Y se ha ido a otro sitio. Quizá a algún sitio en el que no nos pudieran ver, si se producía esa presencia inesperada. Debía arriesgarme a aceptar esta hipótesis.

Me dirigí al interior por el pasillo. ¿A dónde había ido, a su habitación, al cuarto de baño? A mi habitación era poco probable ¿o no?

Al llegar a la altura de su habitación salí de dudas porque la puerta estaba entornada y al abrirla despacio y asomar la cabeza la vi que estaba echada sobre la cama, boca arriba, en posición algo oblicua, con la pierna izquierda fuera apoyada en el suelo, y la derecha doblada sobre la cama en ángulo recto. El borde de la falda le llegaba tan solo hasta la mitad de los muslos y desde la perspectiva que yo tenía desde la puerta, se veía un poquito lo blanco del triangulito de las bragas. Su brazo izquierdo lo mantenía apoyado en paralelo a su cuerpo, mientras que el derecho lo tenía flexionado sobre su cara, tapándose los ojos.

No dijo nada. Yo tampoco. Pero sabía que se había percatado de mi presencia, no solo por el leve ruido de la puerta que había provocado yo al entrar, sino porque en el acto movió los labios con un gesto que denotaba nerviosismo, al igual que los dedos de la mano derecha. Además di los dos pasos que necesitaba para llegar hasta sus pies sin disimulo, quizá para asegurarme de que era consciente de mi presencia. Y lo era, porque empezó a respirar más profundamente, de forma que el pecho le galopaba ostensiblemente bajo su blusa blanca. Me arrodillé en la alfombra, al lado de su pierna izquierda, y con las dos manos rodeándola desde el tobillo, fui recorriendo toda su piel, llegando hasta la rodilla, donde hice un alto para mirar alguna reacción en su cara, pero no la vi. Continué sólo con una mano ascendiendo por el muslo, notando otra vez la calidez y suavidad de su carne, desplazando al mismo tiempo su falda hasta alcanzar el objetivo perseguido. Esta vez llegué sin tantas pausas a los pliegues de sus bragas que continuaban mojadas y calientes, notando más superficie a palpar, dada la postura que había adoptado mi hermana. Empecé a masajearle la zona y al instante ella reaccionó agitando la cabeza arriba y abajo, como dando bocanadas, que a mí me excitaban aún más. Sentía de nuevo la erección de mi polla y ya empezaba a molestarme el roce con el pantalón.

Seguí frotándole el coño con mi mano hasta que ella alargó la que tenía extendida, e hizo el gesto de empezar a quitarse las bragas, pero como no debía querer usar la otra mano que aún cubría su rostro, me dijo en un tono imperativo:

– Quítamelas.

Sin pensarlo obedecí inmediatamente. Elvira me facilitó la tarea moviendo las piernas lo necesario para que salieran sin dificultad. Recuperó la posición inicial y se quedó quieta y sin decir nada. Yo interpreté que quería que siguiera haciendo lo mismo pero ahora sin la barrera de las bragas. Llevé pues una mano a su coño, que tenía una buena mata de pelo negro, rizado y espeso. Debido a la posición, se apreciaba no obstante las formas de su vulva, sobre todo sus labios mayores. Y ciertamente que tenía el coño mojado, pero no cometí lo que deduje había sido una torpeza unos minutos antes, cuando le pregunté si se había meado. Estuve acariciándoselo un buen rato, mientras ella respiraba profunda y sonoramente, relamiéndose con la lengua de vez en cuando. Hasta que me di cuenta de que tenía la otra mano sin utilizar, y decidí explorar nuevos territorios, poniéndosela directamente y sin avisar sobre su teta izquierda. Me pareció que daba un respingo de sobresalto, porque no debía esperárselo ya que continuaba con los ojos tapados. Tras el aterrizaje y una vez comprobado que ella también se adaptaba al contacto de mi mano, empecé a sobarla intentando abarcarla toda de una vez, lo que resultó imposible porque, aunque al estar tumbada boca arriba, el pecho se hundía confundiéndose con el cuerpo, aún se destacaba perfectamente la forma, en parte porque tenía las tetas grandes, y en parte porque llevaba puesto el sujetador. Lo que sí percibí fue la rigidez de su pezón, con el que me entretuve acariciándolo. Como todo esto lo estaba haciendo por encima de la ropa, y una vez que juzgué superado este escalón, me propuse desabrocharle un botón de la blusa para conseguir el contacto directo. Elvira se percató de mis intenciones.

– Espera –y se incorporó de repente, empezando a desabrocharse uno a uno los botones de su blusa hasta que acabó y se la quitó.

Se había quedado con el sujetador como única prenda de cintura para arriba. Permanecía así, sentada y mirándome con el semblante serio, como reconociendo que lo que estábamos haciendo era pecado, pero que a pesar de ello podíamos seguir adelante, si queríamos los dos.

La admiré en todo su esplendor. Con el pelo que le caía a la altura de los hombros, sus pechos se destacaban con un aspecto de frondosidad y plenitud, empujando un poco de carne por el borde del sujetador. Quizá necesitara una talla más. Llevé mis manos a sus tetas, primero haciendo cuenco en sus pezones, luego desplazándolas alrededor de ellas, magreando cuanto podía. Enseguida me di cuenta de que me atraían más las zonas no cubiertas por el sujetador, donde presionaba con más ahínco con mis dedos. Elvira, que no parecía disfrutar de estas caricias tanto como lo había hecho antes, volvió a darse cuenta y dijo:

¿Quieres que me lo quite? –esbozó una leve sonrisa esta vez.

Yo asentí con la cabeza. Al instante llevó sus manos a la espalda y tras un segundo vi que toda la estructura de aquella prenda se aflojaba, produciendo un movimiento como de descanso en aquellas tetas que tanto ansiaba ver de una vez. Se lo quitó del todo y por fin pude admirar aquellas enormes bolas de carne blanquecina, con aquellos sonrosados pezones duros y erectos, en el centro de unas areolas que iban difuminándose y confundiéndose con el resto de la piel, a medida que se alejaban del pezón. No podía apartar la vista de aquel espectáculo. Además, por primera vez me puse a pensar que estaba allí, con mi hermana, tocándole el coño y viéndole las tetas a gusto. Aquello debía ser, lo era, estaba seguro, un pecado muy grande. Y además de ser pecado, debía de estar muy mal considerado desde cualquier punto de vista. ¿Sería incluso un delito? Pero ya no me podía parar. Además al pensar en aquello todavía aumentó más mi excitación.

Llevé las dos manos a aquellas masas de carne, notándolas más calientes que parte alguna de su cuerpo explorado hasta entonces. Las magreé con fruición, hasta que Elvira me dijo que lo hiciera con cuidado, que si no le podía hacer daño, así es que continué pero dulcemente, deteniéndome otra vez en los pezones, que los acariciaba al unísono uno con cada mano. Estuve así unos instantes hasta que me soltó:

¿Quieres besármelas?

Oh…sí –dije en un tono que pretendía expresar cercanía al éxtasis.

Elvira se cogió con su mano izquierda el pecho del mismo lado, sujetándolo como si estuviera sobre una bandeja, y ofreciéndomelo esperó a que yo me acercara y me introdujera el pezón en la boca. Empecé a chupar con ganas y tuvo que decirme otra vez que lo hiciera con cuidado para no hacerle daño. Me calmé y continué haciéndolo despacio, notando que se ponía aún más duro. Al mismo tiempo le acariciaba, o más bien le magreaba la otra teta con la mano izquierda, mientras que con la derecha exploraba primero en su cadera, para notar aquella parte de su cuerpo que podía considerase culo, aunque al estar sentada no proporcionaba mucho estímulo; luego le acaricié la cintura, no sé muy bien por qué; hasta que la dirigí al pecho que estaba chupando y lamiendo, pues aún quedaba zona libre para amasar.

En mis movimientos de boca y lengua, en ocasiones llegaba a rozar alguno de los dedos de la mano de mi hermana que sujetaba su teta, y me di cuenta de que ella los acercaba para que me los introdujera en la boca, así que fui directamente hacia ellos y empecé a chuparlos, percatándome que efectivamente le gustaba.

Te gusta chuparle las tetas a tu hermana, marrano –no era una pregunta, era una afirmación.

No supe muy bien por qué, pero en ese momento me dio por pensar que el encuentro no había sido fruto de la casualidad. Mi hermana debía tener los mismos o parecidos pensamientos escabrosos y morbosos que yo, respecto del sexo. El incesto siempre había supuesto para mí, y ahora me daba cuenta de que para ella también, la máxima expresión del goce sexual, con todo lo que tiene de perversión.

Ni me molesté en replicar, ni en asentir siquiera. Seguí chupando, lamiendo y tocando todo lo que se me ofrecía, consciente de que estaba gozando al máximo. Cambié de pecho para chupar y lamer, magreando ahora el que ya había recibido mi lengua. Así continuamos otro ratito.

Elvira entonces me separó primero las manos de sus tetas y luego se separó ella perdiendo yo su pezón de entre mis labios. Me miró a los ojos y me dijo:

¿No te gustaría chuparme también …. abajo? –y señaló con el índice a su coño.

Bueno. –Contesté tímidamente, sin saber si debía mostrarme interesado en ello por mi propio placer.

Ella recobró la posición inicial tumbada boca arriba, pero ahora con las dos piernas encima de la cama, flexionadas como si estuviera en la consulta del ginecólogo. Yo me imaginé lo que esperaba de mí y continuando de rodillas en la alfombra, sujeté con mis dos manos sus muslos por su cara anterior, como si fuera a hacer flexiones en una barra fija, y acerqué la boca al coño de mi hermana, que antes había admirado mientras lo acariciaba con la mano.

Empecé literalmente a chuparlo, notándolo efectivamente muy mojado. Si me lo hubieran explicado antes, seguramente hubiera hecho un gesto de repugnancia al considerar tener que meter mi lengua en un sitio tan encharcado, pero en aquel momento ni me lo planteaba; es más, yo sentía más excitación porque casi instantáneamente Elvira empezó a agitar todo el cuerpo, y ya no es que respirara ruidosamente, es que literalmente gemía de placer, y sus gemidos aún me excitaban más. Le metía la lengua todo lo que podía, y ella gemía. Le lamía de arriba abajo todo su coño cubierto de pelos, y ella gemía. En un momento dado mi hermana llevó su mano al coño y yo me aparté un poco sin entender qué pretendía. Entonces vi que con los dedos índice y anular se separaba lo que, con el tiempo, supe que eran los labios mayores, dejando al descubierto una zona que yo aún no había visto nunca, -en ilustraciones de libros, que era la única oportunidad que había tenido hasta entonces- y se quedaba así quieta. Comprendí que quería que le pasara la lengua por esa zona, que para ella debía ser más sensible. Lo hice. Efectivamente era más sensible porque los gemidos aumentaron y las convulsiones de su cuerpo también. Noté que la otra mano la llevó a mi cabeza, y me la acariciaba al tiempo que yo cumplía mi cometido de proporcionarle placer. ¡Cómo gozaba!

De pronto sentí que su agitación se acentuó y diciendo ¡me corro! , se me inundó la boca de un líquido caliente que yo no rechacé, y que me dediqué a esparcir con la lengua por todo su coño y las paredes internas de sus muslos, hasta que fue reduciendo sus espasmos y quedó en reposo.

Yo deduje que había acabado ese momento de placer, y me separé de ella, mirándole a la cara. Elvira, poco a poco iba recuperando la respiración normal, hasta que abrió los ojos. Me miró y se incorporó quedándose sentada en la cama con los pies en la alfombra. Yo seguí de rodillas y quedé colocado entre las suyas. No pude evitar que se me fueran otra vez las manos a sus tetas, que seguían maravillándome por lo grandes y blancas que eran.

Te gustan mis tetas, ¿verdad?

Mucho. Me gusta verlas, tocarlas y acariciarlas –y mientras lo decía iba dándome el gustazo con ambas manos.

A mí también me gustaría ver.

¿El qué? ¿A mí? –no se me había ocurrido que mi cuerpo pudiera ser deseado, ni siquiera para mirarlo.

Sí –dijo, y bajando la mirada-… eso que tienes ahí.

Se refería claramente a mi polla, que por cierto, se mantenía en erección y después de tanto rato, ya ni siquiera notaba la presión con el pantalón.

Entonces me puse en pie quedando su cara a la altura de mi bragueta. Le bajé la cremallera de un tirón enérgico. Elvira fijó la mirada con expectación, y como empecé a introducir los dedos me dijo:

No, así no. Quiero verla bien. Bájate los pantalones.

Obedecí y me los bajé, ahora lentamente porque me di cuenta de que ella disfrutaba más con el espectáculo. Quedó expuesta la hinchazón de mi calzoncillo, en el que se transparentaba una mancha de humedad por los flujos emanados, que mi hermana saboreaba con la mirada.

El calzoncillo también –dijo.

Me lo bajé y seguidamente me quité el pantalón y el calzoncillo, apartándolos con el pie. Me había quedado desnudo de cintura para abajo. Me pareció que con solo la camiseta estaba ridículo y me la quité también.

Elvira seguía con la mirada fija en mi polla. Alargó lentamente una mano tocándome en la barriga con las yemas de los dedos. Yo aspiré profundamente.

– ¿Te molesta? –preguntó mi hermana.

– No, al contrario, me da mucho gusto notar tus dedos fresquitos. Me calman la enorme calentura que tengo. Sigue, por favor.

Entonces Elvira cogió con toda su mano mi polla y aquello me produjo una nueva sensación. Además de notarla fresquita empecé a notar por dentro que algo se me movía como hirviendo. Pensé que me iba a correr en ese instante y me retiré. Ella se sorprendió y me miró.

– Es que creía que me iba a correr –dije.

– Bueno, ¿y no quieres hacerlo?

Hice una mueca como diciendo: bueno, si tú quieres… Pero ¿dónde lo echo?

Estiró su mano izquierda hacia la mesita de noche, abrió el segundo cajón y sacó un pañuelo blanco. Con él me envolvió cuidadosamente la polla, formando una especie de capuchón en el final. Entonces, sujetando el pañuelo para que no perdiera la disposición protectora que le había dado, al tiempo que rodeaba mi polla con toda su mano, empezó a masturbarme lentamente.

No tuvo que estar mucho tiempo porque enseguida noté que se agolpaba la leche y se produjo la explosión, que hizo mover la punta del pañuelo. Con la primera sacudida, Elvira dejó de mover la mano, pero le dije que siguiera, y ella obedeció. Así seguí bombeando esperma mientras mi hermana seguía dándole para adelante y para atrás. Por fin salió hasta la última gota y le dije que ya podía parar.

Elvira quitó el pañuelo al tiempo que me limpiaba y lo dobló por dos veces más. Lo dejó debajo de la cama.

Luego lo lavaré.

Entonces volví a arrodillarme con la clara intención de que sus tetas quedaran al alcance de mis manos y de mi boca. Seguía claramente obsesionado por aquellas tetas. Empecé a magrearlas con ambas manos.

– ¿Otra vez? –dijo ella con una media sonrisa.

Yo no respondí porque ya dirigía mi boca hacia sus pezones, con los que me volví a entretener otro ratito. Magreando y chupando. Ella me acariciaba la cabeza, masajeándome el cuero cabelludo. De pronto introdujo una novedad: con dos dedos de una mano empezó a acariciarme un pezón. Enseguida me lo puso duro. Y de repente caí en la cuenta de que no le había visto el culo a gusto…., detenidamente.

El culo de las mujeres era algo que siempre me había obsesionado. Cuando las miraba por detrás, no podía dejar de fijar el objetivo en aquellas dos masas simétricas. Elvira tenía un buen culo. Guardaba una perfecta simetría, ambos globos tenían la suficiente dosis de carne y opulencia, sin llegar a la gordura, y con una justa proyección horizontal, que le deba la atractiva forma de ocho a todo su cuerpo. En infinidad de ocasiones había admirado aquel culo desde la retaguardia, cubierto de un pantalón o de una falda. Ahora tenía la oportunidad de admirárselo en todo su esplendor sin ninguna barrera de por medio.

– Elvira, déjame ver tu culo.

– ¿Pero no has visto ya bastante?

– Me gustaría verte el culo tranquilamente, sin la falda.

Elvira, después de todos los juegos que habíamos practicado, seguía con la falda puesta, aunque sin bragas.

– Seguro que no te conformas solo con mirarlo. -Empezó a ponerse de pie, y mientras se desabrochaba la falda añadió- ¿por qué a los chicos os gusta tanto tocarle el culo a las chicas?

Yo no respondí, pero me vinieron a la mente unas cuantas de las ocasiones en que le había tocado el culo a una chica. Había sido siempre con ocasión de aglomeraciones, en el metro, autobús, …

Elvira dejó caer la falda al suelo y ahora quedó completamente desnuda ante mis ojos. Yo me separé un poco para poder admirarla en todo su esplendor. Seguía de rodillas en la alfombra. Ella se dio media vuelta y dijo:

– Aquí lo tienes.

En un principio clavé los ojos en él, yendo de una nalga a la otra con avidez. Lo percibía apetitoso; blanco y carnoso. Llevé con lentitud las dos manos a ambos globos, intentando abarcar en lo posible todo el trasero; era imposible. Tuve que ir moviendo las manos para tener la sensación de haber llegado a todos los rincones de aquel hermoso culo. Lo amasé, lo apreté y también lo acaricié con dulzura. No pude resistirme más y me acerqué para besarlo. Empecé a besarlo con delicadeza, juntando los labios a su piel por varios sitios. Al mismo tiempo continuaba tocándoselo con las manos. Luego saqué la lengua y empecé a lamerle, primero también con delicadeza, después con fruición. Seguí así: amasando con las manos y chupando y lamiendo con la lengua.

– A mí me gusta más que me toquen por aquí –y diciendo esto Elvira, cogió mi mano derecha y la llevó a su pubis, guiándome los dedos hacia su coño, que seguía estando mojado.

Estuvimos así otro poquito más. Yo tocando y chupando, y ella recibiendo mis caricias en su coño y en su culo. Llegó un momento en que noté que la polla se me volvía a poner dura, aunque sin llegar al grado de erección alcanzado antes de eyacular. Entonces mi hermana dijo:

– ¿Por qué no me dejas ver otra vez tu polla?

No me hice de rogar y me puse en pie, al tiempo que ella se volvía a sentar en el borde de la cama. Efectivamente mi polla había alcanzado otra vez una digna posición, descubriendo el glande de un rojo intenso. Elvira volvió a fijar su mirada en el objetivo, y esta vez, sin dar explicaciones ni hacer comentario alguno, acercó su boca y empezó a chupármela. Enseguida sentí una sensación nunca experimentada, que me llevó a echar la cabeza para atrás en señal de satisfacción. Aquello era la gloria. Sentía la calidez de su boca alrededor de mi polla, y su lengua paseándose por el frenillo. Era para perder el sentido. Cuando empezó a succionar, creí morir de gusto. Yo le sujeté cariñosamente la cabeza con las dos manos, acariciándole el pelo y frotando suavemente por detrás de las orejas. Ella me chupaba con dulzura. Yo se lo agradecía deslizando las yemas de mis dedos por sus mejillas. Le acariciaba las orejas, y cuando llevé una mano a su nuca, cerró suavemente los ojos, e hizo un pequeño gesto de complacencia. Ella estaba gozando también. Entonces se sacó la polla de la boca y empezó a lamerme los testículos. Primero uno y luego el otro. ¡Qué maravillosa sensación, sentir su cálida lengua en mis huevos! Luego volvió a ocuparse de mi polla chupándola con ternura.

Tras un tiempo que soy incapaz de medir, sentí que me volvía la presión en la polla. ¿Era posible que me volviera a correr? Aquello me desconcertó. No sabía qué pensar, cuando de pronto noté la corriente de esperma fluir hacia fuera y depositarse en la boca de Elvira. Enseguida se apartó. Me miró también desconcertada y sacó otro pañuelo de papel de su mesita de noche. Mientras, una segunda sacudida de esperma había ido a parar a una de sus tetas, sin que yo pudiera controlar la situación.

Se limpió la boca, y con otro pañuelo, se deshizo del semen que había ido a parar a su pecho.

– Perdona Elvira. Yo no sabía…. No me dio tiempo a parar. Estaba tan a gusto….

– No te preocupes. Tampoco yo esperaba que te corrieras dos veces. Al menos no en tan poco tiempo.

En ese preciso momento oímos el ruido que indicaba que alguien se disponía a abrir con la llave la puerta de casa. Elvira cogió la ropa que se había quitado y se metió en el cuarto de baño, cerrando por dentro. Yo cogía la mía y me fui rápidamente a mi habitación; me puse solamente el calzoncillo y me tumbé en la cama, fingiendo dormir la siesta. Nuestra madre no sospechó nada.

Ahí acabó esa primera experiencia…, esa iniciación al sexo incestuoso con mi hermana mayor. Fue emocionante, transgresor y satisfactorio, a pesar de no haber consumado una penetración vaginal.

Para eso, hubo que esperar a la segunda oportunidad en que nos quedamos solos en casa. Pero esa, es otra historia.

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